La reina alternativa que jamás fue al baile fue un misterio durante todos esos largos, pero escasos, años.
Un biombo de inseguridad ; una sonrisa encerrada que te daba las gracias de buena mañana por dejarla escapar, devolviéndote a la vida de ese estado comatoso llamado insomnio; gestos de timidez tan puros como el carácter despreocupado que fingía no tener.
Un saco de miserias que llevaba como lastre en su personal via crucis, y un mundo que todavía hoy me fascina. Un mundo del que fui desahuciado. Un mundo envuelto en una cascada de pelo azabache y complejos mal formulados que me hubiera encantado desmentir uno por uno.
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