Odio tener que levantarme, odio.
Volví a ver esos ojos
y otra vez no,
no otra vez.
Volví a leer un te quiero
de tus labios,
otra vez un te quiero sin querer.
Y vi en mi cara ese miedo, todavía,
y dije: no otra vez.
Recordé ese miedo que otra vez sentía
y no me creí a mi mismo,
créeme.
Me sentí cual roble en otoño:
desnudo, pero noble.
Fuerte, pero inútil.
Fácil, pero tonto.
Me creí un niño entre tus brazos,
meciéndome a mi suerte
y sin esperar ni un cambio.